viernes, 17 de agosto de 2007

mínimas

La semana ha sido agitada, por diversas razones he tenido que salir y desplazarme lejos a ver cuestiones de trabajo; lo que implica tres días de lidiar con la calle en horas poco apropiadas para mí. Sin embargo hay estampas que es preciso rescatar:

Los taxistas de nuestra ciudad son todo un caso; más allá de su forma diabólica de manejar (que debemos reconocer que cuando tenemos prisa lo agradecemos), están sus interminables historias.

Ayer me conmovió mucho conocer a un padre orgulloso de sus hijos, durante el tiempo que duró el viaje no paró de hablar de dos muchachos que a sus ojos son todo lo que él espera.

A pesar de que evito a toda costa que le gente entable conversación conmigo, tengo un extraño imán, ya lo dice mi compañero de juegos, parece que tengo un letrero que dice "cuéntame tu vida". Pero admito que esta vez lo disfruté, pues este hombre de cabello cano parecía hablarme de los primeros pasos de un bebé, cuando se refería a sus hijos; siempre es grato ver a un hombre orgulloso.

Hoy "sufrí" la aplicación del nuevo reglamento de tránsito, cuando el microbus en el que viajaba tuvo el mal tino de abrir la puerta y subir pasaje en el tercer carril de la lateral del Viaducto, justo en la esquina de Insurgentes.

En ese momento se acercó a su ventana un policía de tránsito y le dijo que acababa de cometer una infracción; como es de esperar, el chofer intentó ignorarlo, luego se disculpó y le dijo que no lo volvería a hacer, pero el policía no cedió.

Subió al microbus y le pidió que se orillara para revisar su documentación, ambos bajaron; un minuto después otro policía subió (previamente se despojó de su chaleco antibalas) y de la manera más cortés que pudo, nos informó que tendríamos que abandonar la unidad y subir al siguiente, pues el chofer había cometido una infracción y tendrían que remitirlo al corralón.

Bajamos todos, con esa fría seriedad que da la prisa por llegar a un lugar y el vivir en una gran ciudad. Una vez abajo tenía sentimientos encontrados: claro, llegaría tarde a mi cita y eso no me enojaba, como a todos los demás pasajeros, pero los policías estaban haciendo su trabajo sin pretender una "mordida", habría que aplaudirles; no sé si el resto pensó como yo, pero nadie se quejó.

Finalmente, yo no esperé el próximo "micro", abordé un taxi para llegar al metro y seguir mi camino...

Al salir temprano de casa pensé en comer algo, pues mi organismo me reclamaría no hacerlo, dada la larga travesía que me esperaba. Lo primero que se me ocurrió fue tomar un durazno del frutero. Cerré la puerta y la primera mordida fue suficiente para recordar porqué me gustan tanto. En realidad no es sólo el sabor, sino la sensación de subir hasta la rama más alta y cortarlos para luego comerlos.

Las flores rosas anunciaban, en casa de mis padres, que pronto tendría un motivo real para poder subir a lo alto de la copa sin ser sermoneada por mi hermana mayor: "las niñas bonitas no se suben a los árboles" (nunca pude hacerle entender que no me gustaba ser una niña bonita).

Los duraznos me recuerdan el jardín de mi infancia, ese sabor dulce que se consigue después de un gran esfuerzo, ese árbol desapareció y quedó otro más pequeño que nunca logró los bellos y jugosos frutos de su predecesor; ese árbol quedó indeleble en mí, como símbolo de libertad, juego y felicidad... siempre lo diré, fui una niña feliz, creo que aún lo soy.

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